14.09.2021

 El tiempo es un parásito que nos engulle y vivimos oxidados en templos que ni si quiera nos pertenecieron.

Cabalgamos sobre líneas que no sentimos y nos mordemos la piel hasta arrancarla a pedazos.

Nunca seremos hermosos hasta que el reloj de arena nos atrape en esa cápsula rígida como la parálisis del sueño en una noche llena de miedos y ansiedad.

Podemos transformar esta sensación en algo grato y anidar en el sufrimiento como cachorros en el seno de su madre. Pero debemos saber si estamos amando lo que hacemos. Debemos reconsiderar si las arrugas de la piel son más valiosas que la pantalla espectral que nos abduce y nos atrapa más que el tiempo mismo.

¿Dónde se supone que están los límites? Estoy abrumado con tanto magnetismo intransigente que golpea con puño de acero. Pero no puedo recular hasta mis propios restos y tropezar con mi epitafio.

No me rindo, sólo tengo que averigüar dónde me instalo. 

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