17 junio 2017

Tenía la tez bronceada y suave a pesar de los años. Sus manos, siempre frías, siempre lisas, siempre sabían cómo arroparte.
Sus ojos eran oscuros y aún así brillaban más que la divinidad.
Su mirada materna te descubría y advertía todos tus temores. Su sonrisa era resplandeciente y desmentía su edad, era capaz de ahogar toda tu angustia, transformaba un mal día en algo templado, a estas alturas ya no nos importaría ni la mayor tempestad, si estuviera...ella. 
Su voz ronca y suave, con agudas carcajadas rotas y una tos seca que parecía esperar impaciente a que ella terminase de reír, alto, alegre, feliz. Su maternal gesto. Sus fuertes abrazos a pesar de ser menuda. Sus alagos  "Qué bien huele siempre mi niña" "Qué guapa es ella" "Ay, cómo te quiero"
Sus cabellos negros sobre sus hombros. Su amor por la playa y los caballos.
Ya no quería ir a la playa.
Ya no iba a ver a los caballos.
Los cabellos negros caídos sobre la almohada. 
La ausencia en sus llamadas.
Su ausencia en su cama.
Su ausencia en su casa.
Su ausencia.
Su ausencia.

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