19 enero 2014
Similar como ese golpe que te atraviesa y descoloca las pocas similitudes que quedaban en tu adversa realidad, y puede que, en tus constantes vocales, y en los latidos de tu pecho.
Fueron esas campanadas celestiales sonando como redobles de tambores en tu regreso, la última vez que oí esa melodía mis ojos situaban todo escenario en blanco y negro. Hablo de ese trance que quizá lleve tu nombre, o quizá tu mera apariencia. No recordaba lo frías que fueron sus manos hasta que me encontré a mí mismo tendido sobre el azulejo de mi angustia, gélido como los labios de la muerte, sin ninguna grieta, todo aquello que se tenía que tragar fue engullido por esa sonrisa perversa, sus restos tal vez, entre esos dientes que sentencian.
Es la silueta sin nombre, tan borroso, tan lejano, tan disperso y destrozado.
Es el péndulo de la vida tirando del fino hilo entre gorgonas y sus risas.
Y quién lo diría, que un adiós pudiera ser tantas cosas.
Fueron esas campanadas celestiales sonando como redobles de tambores en tu regreso, la última vez que oí esa melodía mis ojos situaban todo escenario en blanco y negro. Hablo de ese trance que quizá lleve tu nombre, o quizá tu mera apariencia. No recordaba lo frías que fueron sus manos hasta que me encontré a mí mismo tendido sobre el azulejo de mi angustia, gélido como los labios de la muerte, sin ninguna grieta, todo aquello que se tenía que tragar fue engullido por esa sonrisa perversa, sus restos tal vez, entre esos dientes que sentencian.
Es la silueta sin nombre, tan borroso, tan lejano, tan disperso y destrozado.
Es el péndulo de la vida tirando del fino hilo entre gorgonas y sus risas.
Y quién lo diría, que un adiós pudiera ser tantas cosas.

